domingo, 30 de septiembre de 2007

algunos poemas de Jorge Santiago Perednik

Nuestro invitado de octubre es Jorge Santiago Perednik.

Algunos textos para ir entrando en su poesía.



Sade

Sobre el cuerpo, en lo pasivo, está el saber

un látigo griego de cuero con restos de sangre

que impone la irefutabilidad como estratagema

Ahora cabría verificar, por los métodos científicos

según la persona se retuerza o no sobre la cama

la idea de que en una sustancia metafísica
no puede fundarse ningún conocimiento. El
temor a la refutación, atribuir a

los hematomas en la espalda o los ojos desorbitados
el no poder observar- dolor, terror o furor-
de igual modo que el creyente la actividad
divina, ni ordenar un sistema de pasiones o argüir

que condición y conclusión están relacionadas

porque un cuerpo, atado con alambres de púa, se retraiga
y pretenda huir. La aplicación de un estímulo exterior- electricidad,
filo, calor- o un dicho de efectos diferidos- la amenaza de trazar,
con la brasa de un cigarro, letras en la tetilla-
desplazan este silogismo cluso

a su encadenamiento: la convicción de que lo pasivo

es lo cerrado, y alguien y algo lo deben abrir.
El escape o emergente para una inteligencia poca viva
es la imaginación, las dos vocees fingidas de un diá
logo que el mundo evita y luego representa
En esa esclavitud está su libertad,
el estigma de su arte en esa compañía.


El suicida

Ato la soga al arbol sin poner demasiado acento
hizo un nudo imitando su garganta
se colgo de la soga sin ningun manifiesto
bajo el brazo y como la soga era barata

se rompio al primer esfuerzo.

Compro un calibre 32 viejo
le puso ridículamente 6 balas
apunto a su sien como si fuera un ciento
y no disparo, por alguna pieza trabada

o la mala conjugación de un verbo.

Sobre un durmiente, en las vias, acomodo su cuerpo
esperando el tren de las 8.15 garabeteo unas pavadas
lo entusiasmaron,quiso terminarlas, ¡faltaba un verso!
eran las 8.15, el tren venia, lo arriollaba

pero un cambio de vias lo mando lejos.

Decidio arrojarse desde lo alto de Babel, un rascacielos
subio a la azotea, la lengua se le partio en diez hablas
quiso recogerlas, las doncellas al enterarse salieron
y no lo dejaron saltar: una de nombre dios, pelirroja, estaba enojada.

Le firmo con sangre a don Muerte un documento

apostaba su vida a un juego
de naipes sin revancha
pero la jolie rousse altero el texto:
vino el angel, mezclo, corto, repartio las cartas

y.
.....Ahora escribe de otro modo: perdió la vida, ganó el acento.



Salmo

Dichoso el hombre que no anda en el consejo del conejo
ni se para en el camino del castor
ni se sienta en la reunión del reno
ni con lana de llama hila al partir
más o menos cuentos que al llegar
porque el libro es su delicia y a él se dedica cuanto puede
y todo lo que emprende prosperará

Dichoso el hombre que no se raya con la raya
ni triangula con el triángulo
ni circula con el círculo
y al no confundir la geometría con la tierra
hace suya la felicidad de las diferencias
porque el libro es su delicia y a él se dedica cuanto puede
y todo lo que emprende prosperará

Dichoso el hombre que piensa:
de los tres movimientos posibles
los tres salvaron su obstáculo
y pusieron fin a la historia:
el consejo de los saltos y la multiplicación
el tránsito que va minando el camino
la reunión en la que el alce y el ciervo son repudiados:
porque el libro es su delicia y a él se dedica cuanto puede
y todo lo que emprende prosperará

Dichoso el hombre que en cualquier
momento del día
puede escribir salmos
sin esperar nada
sin tener siquiera quién los lea
y habiendo comprendido el proceso de la dicha
quiere en lo posible compartirlo
porque el libro es su delicia y a él se dedica cuanto puede
y todo lo que emprende prosperará



Jorge Santiago Perednik
De La querella de los gustos (Tintanueva Ediciones)




La teta de Epicuro

Una casa es una cosa.
Las cosas tiene alma, se rebela,
Las casas son el alma, revelan otras cosas.
Una casa no es una cosa.


La casa estaba oscura, le prendieron fuego por miedo,
por quemar esa cosa en los ladrillos
y la luz se hizo tan intensa que deslumbró.
Para decir la verdad
hubo que ser el mentiroso del paraíso:
tener la mente (algunos traducen espíritu) salvaje.


Las cenizas no son una cosa
aún las cenizas de una casa.
Cuando la mente se incendia no deja rastros.
No hay rastros y hay.
No ay.
Pero la mente dice tener es sufrir y se despoja.


Embestía salvajemente los muros como una cuña
que no abría casi agujeros,
más bien cambiaba su estado: una casa
de vapor y luego una casa de agua
para un nuevo incendio.
Por esos agujeros no puede pasar un hombre.


El final, que no hay final, es el final:
mamar la teta de Epicuro y sentirse cristiano.
Escribir.
Y confundiendo la bella cierta con la buena nueva
insistir en difundirla.
Lo cual es errar desde un principio
sin saber si por los pasos o las huellas
y es también acertar en algo:
hay rastros, no restos:
el principio es en el verno
la posibilidad de mentir un principio.


Jorge Santiago Perednik
De El fin del No (Editorial El caldero)

1 comentario:

Enigma dijo...

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